La fórmula «Todos somos hijos de Dios», tan piadosa y tranquilizadora, está incrustada en el lenguaje corriente, tanto fuera como dentro del ámbito eclesial, y es repetida en homilías y catequesis, también en funerales, muy especialmente en funerales. Es una frase bonita, que consuela y fortalece, así que, ¿cuál es el problema? Pues el problema, no menor, es que esa afirmación, tomada en sentido propio, no es cierta. Contradice directamente la enseñanza bíblica y la doctrina constante de la Iglesia.
El Nuevo Testamento no habla de filiación divina universal, sino de una incorporación a Cristo que transforma ontológicamente al hombre. San Juan establece una distinción que no deja margen a interpretaciones indulgentes: «A cuantos lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). La perífrasis aspectual ingresiva es inequívoca: «llegar a ser». San Pablo le da categoría sacramental: «Habéis recibido un espíritu de adopción filial» (Rm 8,15); «para que recibiéramos la adopción» (Ga 4,5). La palabra clave es «adopción». Y los Padres de la Iglesia insisten en esa idea con una claridad que hoy, a demasiados, les parece incómoda: san Ireneo escribe que el Hijo de Dios «se hizo lo que nosotros somos para hacernos lo que Él es»; san Atanasio la acuña en una frase que ha devenido clásica: «Dios se hizo hombre para que el hombre llegara a ser Dios» (De Incarnatione, 54) y santo Tomás la explica en lenguaje más teológico: la gracia santificante es una participación creada en la naturaleza divina (S.Th. I-II, q.110). Hasta el nuevo Catecismo conserva esa línea, cuando afirma que la gracia «nos hace hijos adoptivos y partícipes de la vida divina» (CEC 1997).
Ninguna discusión cabe al respecto. Si esa filiación perteneciera a la naturaleza humana desde el origen, el Bautismo perdería su carácter de nuevo nacimiento; los sacramentos quedarían reducidos a un simbolismo pedagógico, e incluso la Encarnación misma se volvería difícil de justificar: el Verbo habría venido a recordar al hombre una condición que ya poseía. La distinción entre criatura e hijo pertenece, por tanto, al núcleo duro del cristianismo: la creación nos da el ser y la gracia introduce al hombre en una relación filial real con el Padre, dentro del Hijo y por el Espíritu. Sin esa diferencia, el edificio entero de la salvación se viene abajo.
Sin embargo, decirle a alguien que no es hijo de Dios, en la medida en que no realice su potencial de hijo adoptivo por amor a Cristo, resulta, ciertamente, antipático. Tan antipático como simpático resulta lo contrario.
La clave de la nueva espiritualidad es bailarle el agua al fiel, que siempre va a estar encantado de conocerse y descubrir que es Dios. Nuevos templos improvisados en recintos municipales ofrecen terapias energéticas, cuencos tibetanos y sesiones de respiración consciente, alineamientos de la propia vibración con la conciencia universal, conexiones varias e incluso «activaciones de conciencia filial». Los «folletos parroquiales» de estas nuevas iglesias tienen, por añadidura, prurito científico, y desarrollan sus ideas de supraconciencias y otras marcas © con terminología tomada de la neurociencia y de la física. Según esta rentable marca de la supraconciencia, por ejemplo, la mente individual constituye una expresión local de un campo de conciencia más amplio que atraviesa toda la realidad, y experiencias cercanas a la muerte, estados alterados de percepción o determinados ejercicios de meditación o respiración se interpretan como accesos parciales a ese nivel.
La idea es más vieja que los balcones, con antecedentes claros en el espiritismo del siglo XIX, el monismo filosófico y las diversas corrientes panteístas de todo tiempo y lugar, pero el envoltorio actual incorpora terminología médica y referencias a la física cuántica, aunque nunca con datos verificables. De modo que el producto funciona como una cosmovisión completa: el universo aparece dotado de interioridad, el individuo forma parte de esa mente cósmica y la plenitud espiritual consiste en ampliar el grado de conexión.
Las consecuencias antropológicas son significativas. El alma deja de entenderse como principio espiritual único y creado directamente por Dios, con lo que la dignidad humana pierde su fundamento en la relación personal con el Creador y pasa a apoyarse en la pertenencia a un sistema energético o informacional. Algunas versiones extremas de este planteamiento llegan a considerar –en coherencia con el principio que las sostiene, cabe decir– al ser humano un elemento perturbador dentro del equilibrio del planeta, lo que explica la difusión de discursos que describen al hombre como una patología ecológica que cabría fumigar, por el bien de la Madre Tierra. La religio cambia los elementos que se «religan» –ya no es el hombre con Dios, sino el individuo consigo mismo y con el conjunto de la naturaleza– y la palabra «salvación» queda sustituida por «integración». Influencers espirituales, coaches de propósito y mentores de crecimiento personal surgidos como setas amplifican el mismo mensaje: no hace falta cambiar, basta con tomar conciencia de lo que ya somos y afirmar tu autenticidad. «Esto me resuena», lloran sus followers, y sus plataformas digitales multiplican el discurso, en las antípodas del cristianismo, con una eficacia que ninguna predicación tradicional podría igualar.
Pero vayamos al fondo del asunto: el crecimiento de estas propuestas debería interpelar seriamente a la Iglesia, porque su éxito responde a un vacío real. El modelo de vida dominante, materialista, consumista, hedonista, ha generado ya una masa crítica considerable de almas que aspiran a algo más. Y en ese terreno, perfectamente abonado para cualquier propuesta que combine trascendencia y bienestar, la espiritualidad difusa que desvía las almas, ha echado raíces, al prometer continuidad después de la muerte, armonía interior y pertenencia a una realidad mayor… y todo ello sin cuestionar el estilo de vida ni introducir exigencias morales.
La demanda de sentido, pues, existe y se manifiesta de forma visible. Miles de personas buscan orientación, consuelo y una interpretación de la muerte que no se limite a la desaparición biológica. El cristianismo tiene la respuesta –el Camino, la Verdad y la Vida–, que San Agustín resume en una frase conocida: «El que te creó sin ti, no te salvará sin ti». Esa cooperación se concreta en una existencia marcada por el seguimiento de Cristo, como se expresa en el Evangelio: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y me siga» (Lc 9,23). Ahí está el corazón de la vida cristiana.
Sin embargo, pese a ser la Iglesia depositaria de ese mensaje evangélico, se percibe a menudo una cautela excesiva a la hora de exponer su verdad con crudeza. El intento de evitar conflictos con la sensibilidad contemporánea tiene un efecto paradójico: la propuesta cristiana pierde su perfil propio para confundirse con otras ofertas espirituales «en competencia», con las que, precisamente por ello, tiene todas las de perder. Porque por mucho que se adapte el catolicismo a las aberraciones del prefecto de Dicasterio más desviado que uno pueda imaginar, siempre será más abierta la última marca espiritual a la carta.
Las consecuencias pastorales que se derivan de ello son graves. La Iglesia tiene la misión, suprema, de salvar almas, conduciendo a los hombres a la comunión con Dios. Y esa comunión es el corolario de una transformación real que exige conversión, penitencia y vida nueva. El Nuevo Testamento habla con frecuencia de juicio y de responsabilidad personal ante Dios. Cristo mismo advierte: «No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos» (Mt 7,21), y el profeta Ezequiel describe la tarea del centinela encargado de advertir al pueblo del peligro. Merece la pena citar a Ezequiel por extenso:
«Yo te he elegido como mi vigilante oficial ante los israelitas. Si me oyes sentenciar a muerte a algún malvado, y tú no le adviertes que debe cambiar su mala conducta, ese malvado morirá por causa de su pecado, pero yo te pediré a ti cuentas de su muerte. Por el contrario, si le adviertes que debe cambiar su mala conducta, y no te hace caso, ese malvado morirá por causa de su pecado, pero tú salvarás tu vida.» (Ez 33,7-9)
La imagen resulta pertinente hasta lo hiriente para el ministerio pastoral. Confirmar a los fieles en una seguridad que no se corresponde con la enseñanza de la Iglesia implica un riesgo espiritual grave. Grave y de doble filo: para los miles de almas desviadas por los cantos de sirena que les prometen exactamente lo que desean oír, sin que la Iglesia exprese de manera explícita y contundente lo alejado que se encuentran de la fe cristiana; y para los sacerdotes que, con su indulgencia no nos desvían del pecado, y se condenan por ello.
La filiación divina no constituye un punto de partida, sino la meta, por la gracia de Dios, para la que el hombre ha sido creado. Una meta que se alcanza con combate espiritual y muy difícilmente, no sin denodados esfuerzos, abrazando la cruz.







